Y ahí estaba el otro problema
El problema es que ese modelo,
sencillamente, no era para mí.
No quería que crecer significara tener que estar presente en cada venta. No quería depender de llenar mi agenda de llamadas ni de perseguir conversaciones para que alguien entendiera el valor de trabajar conmigo.
Y con el cambio horario, además, esas llamadas caían justo en la hora más sagrada de mi día: el baño, la cena y el cuento antes de dormir. El rato con mi pareja cuando por fin la casa se queda en silencio.
Estaba entregando el tiempo que más me importa a un modelo de ventas que tampoco quería sostener.
Correr detrás de cada cliente
nunca encajó en ninguna etapa de mi vida, ni como psicóloga ni
mucho menos desde que me convertí en mamá.
Y no estaba dispuesta a elegir entre estar presente para mis hijos o hacer crecer mi negocio.